Código de Ética
Introducción
En la base de toda ética está el respeto fundamental por el otro. Sin embargo, es un hecho indesmentible que vivimos en una sociedad desgarrada por el irrespeto de los otros y la negación práctica, cuando no también discursiva, de ciertos valores fundamentales de la convivencia. La sociedad de mercado globalizado es una sociedad que no se preocupa por el otro, exacerba la acumulación y la ganancia e instrumentaliza a los seres y a los colectivos humanos, privándolos de sus derechos y despreciando sus reclamos de dignidad, igualdad y libertad. Ello se refleja en las conductas sociales e institucionales prevalecientes en nuestro país y en América Latina.
Por ello, el trabajo ético, en cuanto formación de conciencia, educación ciudadana y desarrollo de una praxis social e institucional que cubra todas las estructuras y espacios sociales, constituye una prioridad y una urgencia para las ONG chilenas, que perciben y comparten un sentimiento fundado de indignación y recogen el clamor soterrado de la ciudadanía frente a las injusticias, en medio de la indiferencia y la prepotencia con que los poderes políticos, económicos y culturales pretenden llevar adelante sus proyectos hegemónicos.
Es sintomático que el tema de la ética sea planteado por las ONG en la actualidad y no hace 20 o 30 años. El mercado lo ha invadido todo y todas las cosas parecen valer por su precio. En los años ‘80 no se discutía si las ONG eran o no éticas. Ellas parecían portar por definición una condición de superioridad ética frente a la dictadura. En esos años se articuló un movimiento cuya gran propuesta estaba centrada en la reconstitución de la democracia, la defensa de los derechos humanos y la solidaridad para con los excluidos del modelo económico-social. Con esa armadura ética comenzó la transición. En los ’90, sin que las preocupaciones anteriores perdieran importancia, el rodaje democrático trajo nuevas problemáticas e hizo aflorar otras no tan nuevas, como las relaciones entre el poder y el dinero, las desigualdades cotidianas, la endémica postergación de los más pobres, todas ellas cuestiones que agudizan la mirada ética que demanda efectiva igualdad de trato, de oportunidades y no discriminación, transparencia en la gestión pública y control ciudadano.
Por lo anterior, la construcción de un Código de Ética de las ONG debe sintonizar con el tiempo en que vivimos. No obstante estar cada día más asentado el concepto de la acción pública no estatal, hay quienes no conciben que ciudadanos y ciudadanas puedan movilizar sus vidas, sus energías y sus talentos por intereses que trasciendan el particularismo individualista y la utilidad privada. Desde esta perspectiva, la idea de este Código se construye a partir de una reflexión en torno a la identidad y la contribución de las ONG a la construcción de un mundo que sea humanamente vivible para todos, sin exclusiones. Ello permitirá establecer un marco o piso mínimo que inspire a muchos respecto de las formas idóneas, legitimadas en el respeto de los otros y otras, para avanzar cada uno en sus propias utopías y también en la formulación de utopías comunes. Ese punto de partida propuesto implica una lógica inclusiva y la debida consideración y respeto de todas las personas y grupos.
Las ONG reflejan la importancia de lo colectivo en un mundo donde solo parecen contar los intereses individuales, un mundo plagado de olvidos éticos, encarnados en todos aquellos que van quedando en el camino como desechos humanos, situación que, sin embargo, la sociedad pareciera estar dispuesta a tolerar o ignorar. Desde múltiples perspectivas, las ONG abordan centralmente estos temas, atienden y apoyan a los olvidados y abogan por ellos, evidencian los conflictos del poder y los abusos, promueven o frenan determinadas legislaciones y políticas, tratando de hacerlo eficazmente y con medios legítimos. Pero las ONG son también entidades socialmente situadas y expuestas a la desviación o degradación de sus fines, lo cual hace necesario que explicite y custodie sus valores y pautas de autorregulación.
En tal sentido, concebimos el Código de Ética de las ONG como un cuerpo normativo que prescribe pautas generales de carácter ético que deben guiar la conducta institucional de las organizaciones no gubernamentales chilenas.
El dominio de la ética es muy extenso e implica la existencia de normas que el propio agente prescribe para la regulación de su propia conducta. Se trata de conductas no necesariamente exigidas en otros planos, como el jurídico, y que, por lo tanto, no tienen respaldo externo en normas legales ni gozan de un poder coercitivo externo que las haga cumplir. Pero son asumidas desde la interioridad del sujeto normado. Por ello, el valor de las normas éticas –eventualmente integrantes de un “código ético” que las ordena y sistematiza– radica en el valor intrínseco que les asignan los propios sujetos que las adoptan como marco regulador de su conducta.
Tratándose de una ética aplicada, en la normativa ética de las ONG es posible encontrar vínculos con la ética económica y social y con la ética profesional. En ambos casos, perspectivas ideológicas, doctrinarias y filosóficas inciden en la orientación del conjunto del programa normativo que finalmente queda plasmado en un código ético. Con todo, más allá de estos sesgos, lo determinante en la ética de las ONG es su dimensión ciudadana. Se trata, efectivamente de una “ética ciudadana”, cuyo planteamiento exige postular ciertos mínimos compartidos, en cuanto al respeto de los derechos, el aprecio a unos valores-guía y la observancia de una peculiar actitud dialógica que la hace radicalmente democrática.
La inclusión de distintas visiones es propia de la sociedad civil, por lo que son consustanciales a su ética la libertad, la igualdad, el pluralismo y la solidaridad como valores de base. Por otra parte, definiciones más problemáticas como el rol del Estado, el tipo de relación admisible entre el Estado y las ONG, la actitud frente al mundo de los negocios y el mercado pueden ampliar o restringir la perspectiva, según los valores de base que se asuman en estas y otras materias. De todos modos, es propio del razonamiento práctico la apertura a las múltiples contingencias y variables que inciden en cada uno de los casos que pueden ser planteados en la práctica social, en los que junto con la intuición ética, han de funcionar la deliberación racional y la adecuación de las soluciones dentro de la vigencia de los principios.
Al hablar de un Código de Ética referente a las ONG, nos situamos en un campo específico, relativamente poco explorado hasta el día de hoy. Se trata de una ética aplicada a la acción y funcionamiento de dichas organizaciones, es decir, un conjunto de normas reguladoras de la actividad específica de esas entidades. Lo anterior implica identificar y, en lo posible, describir el o los ámbitos de acción y las funciones y tareas que las ONG se asignan en la vida social.
Si bien el campo ético específico de las ONG se enmarca en pautas más generales reconocidas por toda la comunidad, una “ética de las ONG” debe aludir a comportamientos institucionales propios o típicos que se dan o pueden darse en la vida de relación que tienen las ONG, ya sea hacia el interior de su vida asociativa (relaciones entre integrantes, trabajadores, profesionales y miembros directivos), como hacia el exterior, en sus relaciones con otros actores, como por ejemplo, usuarios y beneficiarios de sus acciones y servicios, agentes de apoyo y financiamiento, Estado central, regional y municipios, empresas, otras ONG y entidades sin fines de lucro, localidades o comunidades en las que se insertan sus actividades, público en general y opinión pública.
Las ONG, como expresión de la organización autónoma de los ciudadanos, dentro del amplio y heterogéneo campo de la iniciativa social, observan con mirada crítica la aplicación de los modelos imperantes y procuran hacer frente a las estructuras injustas diseñando y promoviendo la solidaridad y una actitud de compromiso ciudadano no partidista ante la sociedad.
Ese creciente protagonismo de las ONG, no exento de grandes dificultades, ha vuelto la mirada de la sociedad sobre sus actuaciones en el plano público. Coincidente con ello, la complejidad de la estructura y funcionamiento de las ONG y las distintas formas y dimensiones que puede adoptar su relación con otros actores sociales e institucionales hace necesario enfatizar la dimensión ética que guía el conjunto de su acción.
Consecuentemente, parece llegado el momento de que valores de alta estimación como la participación ciudadana, el respeto al pluralismo, la promoción de la igualdad y la justicia social, la probidad y la transparencia, entre otros, que forman parte del acervo ético y de las exigencias que las propias ONG plantean al Estado y a la sociedad toda, sean asumidos formalmente como autoexigencias de la propia conducta, como signo de coherencia con el tipo de sociedad y de relaciones humanas que se aspira prefigurar.
De este modo, el movimiento de ONG chilenas cree posible que cada uno de sus integrantes, preservando sus respectivas identidades, autonomías y ópticas de acción, podrá reconocerse en un conjunto de normas mínimas y comunes sobre buenas prácticas y conducta ética, que permitirán fortalecer el trabajo que con esfuerzo y dedicación se realiza día a día, dotándolo de la confianza de la ciudadanía, el respeto de los demás actores sociales y de una mayor legitimidad social, en el marco de la democracia plural y participativa que contribuye a construir.
Por los motivos antes expresados, la Asociación Chilena de Organismos No Gubernamentales, ACCIÓN A. G., viene en aprobar el siguiente Código de Conducta Ética de las ONG Chilenas, vinculante para sus organizaciones asociadas:

