Jueves, Febrero 18, 2010

La disputa de ideas en el Chile de Piñera

 

Por Álvaro Ramis, presidente de ACCIÓN, publicado en lanacion.cl el 17/02/2010

Si la derecha triunfó electoralmente en enero fue porque ya había triunfado ideológicamente hace varios años.Recordemos que en 1999 Lavín estuvo a 30 mil votos de ganarle a Ricardo Lagos. Lo que significa que durante los ’90 el electorado se hizo más conservador y neoliberal, sin necesariamente darse cuenta de ello. Esto ha marcado el rumbo de la última década y el país, escorado a la derecha, fue conducido por una coalición de centro-izquierda que gobernó a una ciudadanía que la evaluaba según criterios y mentalidades de derecha.

Esta esquizofrenia política es la que ha naturalizado las decisiones que hoy Sebastián Piñera asume sin espanto ni vergüenza. La designación de un gabinete claramente empresarial parece ser aceptado por la población como la más normal de las decisiones políticas de un gobernante moderno. Los juicios de la calle lo ratifican: “Es que si gobiernan los ricos, no van a robar, porque ya tienen”, “es que si no son políticos van a ser más honestos”, “es bueno que gobiernen los empresarios. Si en el fondo el país es una empresa también y ellos saben cómo administrarlas bien”, “nombrar técnicos es la tendencia, es lo que se hace en el siglo XXI”. ¿Ha escuchado estos argumentos? No importa lo simple que parezcan ni cuán fácil se puedan rebatir. Lo relevante es el sentido que tienen estas frases en quienes las pronuncian.

Este proceso, que debería ser analizado más desde la sicología social que desde la política, es el reflejo de la hegemonía cultural que han logrado instalar en el inconsciente de toda una nación. Se trata de una forma de convencimiento que ya opera por sí sola, sin necesidad de leer El Mercurio o ver Mega. Ideología inocua, incolora e inodora que se inocula por los poros insospechados de las conversaciones cotidianas. El sutil pero contundente mensaje que se basa en el sentido común (que no siempre es el mejor de los sentidos).

Antonio Gramsci llamó a esto Hegemonía. Es la capacidad de los poderosos para que los dominados acepten el statu quo no por coerción, sino por consentimiento. Para ello es necesario que exista un conjunto de ideas dominantes presentes en la sociedad, pero a las que la gente da un asentimiento casi natural. Cuando la hegemonía es verdadera, se la puede llegar a identificar con la cultura popular. Opera por medio de intercambios, mediaciones, asimilaciones y resistencias hasta convertirse en la dominante. Cuando la cultura popular se ve reflejada en los medios masivos ya ha logrado un grado importante de consenso. Éstos últimos no hacen más que participar en su construcción y sobre todo en su amplificación, por eso la gente escucha estos argumentos y los asimila de una forma autónoma y libre. No se trata simplemente de manipulación, sino que hay un liderazgo cultural que logra el consenso de los grupos y las clases subordinadas.

De esta forma la hegemonía conservadora, convertida en sabiduría popular, logra que don Pepe o la señora María expresen todo su conformismo en frases como: “Mejor es malo conocido que bueno por conocer”, “no hay mal que por bien no venga”, “así es la vida” o “peor es mascar lauchas”. Cuando los poderosos no logran mantener una sociedad disciplinada solamente con el soft power del consenso, necesitan el hard power y la fuerza. Hoy Chile está tan saturado por un discurso neoliberal y mercantilizado que logra un consenso libre y cómplice de una población que no requiere de la DINA en las calles para aceptar y asentir.

La construcción de una contra-hegemonía política y cultural debería ser una tarea fundamental para la nueva oposición. Ello no se identifica necesariamente con la sola adquisición o administración de medios de comunicación. Se pueden tener medios poderosos pero ineficaces. Es algo mucho más complejo. Pero lo que no se puede pensar es que se puede cuestionar y debatir la hegemonía conservadora sin una política de comunicaciones propia. La tan debatida frase “la mejor política comunicacional es no tener política comunicacional” hoy le pasa la cuenta a quienes la aceptaron, en un contexto en que el Estado no posee un rol como garante de una real libertad de expresión.

Se sostuvo que el mercado es un buen regulador de los contenidos de los medios, que se adaptarían a la demanda. Este concepto, ingenuo e irresponsable, distrajo a los decidores públicos pensando en medios inexistentes, provistos de inocentes y neutrales pautas, sólo influenciadas por una ciudadanía crítica y activa. Hoy ya es tarde para lamentarse y lo único que queda es no repetir los errores.

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