Viernes, Enero 22, 2010

De dictadura en dictadura, de promesa en traición: Una mirada a la ayuda humanitaria de Estados Unidos en Haití

 

Por Rosario Puga, integrante del directorio de ACCIÓN y de la Corporación La Morada, publicado en www.radiotierra.cl

“Doce mil marines desembarcaron en las costas de la maltratada Haití para poner en marcha operativos de asistencia humanitaria. En una primera mirada un hecho que no tendría porque ser criticado; soldados en labores de paz… pero desde la perspectiva histórica los hechos cobran otro sentido.”

Hombres armados de las fuerzas de elite de la armada norteamericana se han convertido en socorristas. Doce mil marines desembarcaron en las costas de la maltratada Haití para poner en marcha operativos de asistencia humanitaria. En una primera mirada un hecho que no tendría porque ser criticado; soldados en labores de paz… pero desde la perspectiva histórica los hechos cobran otro sentido.

En mi columna anterior llamaba la atención sobre la necesidad de redefinir los términos de las intervenciones internacionales en casos de catástrofes naturales. Lo expresaba como una preocupación, ahora es una alerta. En medio del desastre de la devastada nación caribeña que se encuentra a escasos kilómetros de Cuba, quedará instalada una fuerza militar norteamericana.

Esta vez los soldados serán recibidos como héroes ya que vienen aliviar el sufrimiento de la población Pero en otros tiempos esa misma presencia fue resistida por los mismos haitianos De hecho la estrategia desde que fuera sacado del poder el presidente Arístide fue emplazar una fuerza multilateral (mayoritariamente francesa y latinoamericana) que resolviera el tema de la violencia sin poner en la zona una masiva presencia norteamericana.

No era una cuestión de sutileza, tampoco fue la acción más eficaz, porque cargaba con todos los problemas de los burocratizados mecanismos de asistencia de Naciones Unidas. Pasaron diez años, la maquinaria humanitaria había ajustado sus engranajes y esta vez fue la fuerza de la tierra la que removió las bases de la burocracia de la ayuda, que no se atrevía o no quería salirse de los canones para marcar la diferencia.

Muchos historiadores y analistas señalan que en Haití los caudillos militares, la falta de institucionalidad y la violencia son problemas desde siempre, que no se ha logrado romper el círculo vicioso de la pobreza y la corrupción. Pero pocos recuerdan que la inestabilidad política fue sistemáticamente promovida desde el poder económico y que la intervención extranjera ha sido un componente y una constante del estado de desestabilización en que se ha desarrollado la historia del pueblo haitiano.

Uno de esos capítulos de intervención fue protagonizado por los soldados norteamericanos que desembarcaron en Haití en 1915 y se quedaron diecinueve años. Durante su estadía el ejército de ocupación intervino hasta que logró que el presidente liquidara el Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York y se consolidara el control de capitales norteamericanos de la producción azucarera. Porque en esos años en Haití había una floreciente producción aunque hoy aparezca como algo imposible.

La ocupación norteamericana instauro el mismo sistema de segregación racial que imperaba en los estados del sur de la unión. No se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para los disidentes encarcelados. En 1934 se retiraron, dejando en su lugar una Guardia Nacional que iniciaría la historia golpista y corrupta de las fuerzas armadas, que son hasta hoy bandas armadas que deponen gobiernos. En esos años estaban al servicio de los capitales norteamericanos y poco después ese poder pasó a manos de la familia Duvalier, que instauraría una de las dinastías dictatoriales más temibles del continente.

Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años, como dice Eduardo Galeano.

En 1990 Haití pudo elegir a un presidente en las primeras elecciones libres del país: Jean-Bertrand Aristide. El nuevo mandatario puso en marcha reformas impopulares para los militares y en un año fue expulsado del poder por un golpe militar. Cuando se agudizó la crisis miles de haitianos huyeron en barco, casi siempre a Estados Unidos. Por miedo al éxodo masivo de los que huían de la violencia política, el entonces presidente George Bush padre decretó un bloqueo económico, una política agudizada por su sucesor Bill Clinton. Pero en 1994 la crisis de refugiados empeoró tanto que Clinton amenazó al régimen militar con una invasión estadounidense a gran escala. La Junta militar renunció y Aristide regresó, acompañado de tropas estadounidenses que llegaron a restaurar la ley y el orden.

En el 2000 Aristide ganó las elecciones, pero la extendida corrupción provocó una violenta insurgencia que siguió extendiendo la crisis. En 2004 el gobierno de George W. Bush forzó a Aristide a entregar el poder y dejar el país. Ese mismo año miles de haitianos murieron por efecto de fuertes tormentas tropicales

El devastador terremoto del 12 de enero trajo a las marines de vuelta y otro ciclo comienza. Haití es otra, las sucesivas hambrunas y los endémicos saqueos la han convertido en una tierra muerta que vive o sobrevive sin futuro. Pero no es suficiente describir el actual estado de cosas como resultado de una suma de hechos aciagos, es resultado de una historia de sucesivas intervenciones.

Quienes han criticado al gobierno de Obama por la toma de control del aeropuerto de Puerto Príncipe, el emplazamiento de portaviones en las costas y el desembarco de 12.000 efectivos militares norteamericanos en territorio haitiano, tienen en la memoria estas otras intervenciones o “misiones de paz” que ha dirigido Washington.

Nombrando estos elementos al menos hacemos una lectura con base en la historia. Y de paso hacemos algo de justicia a un pueblo que aparece ante los ojos del mundo como un enfermo desahuciado pero en realidad es una nación sobre la que se proyecta la sombra de muchos poderes y que como muchas otras ha resistido.

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