Jueves, Enero 14, 2010

Momento de definiciones

 

Publicado por Álvaro Ramis, presidente de ACCIÓN, en lanacion.cl el 11/01/2010

fotoalvaroNecesitamos que la política vuelva a operar sobre la base de palabras que vayan más allá de la oferta inmediatista de bienes y servicios del Estado.

Sea cual fuere el resultado de la segunda vuelta, el proceso democrático ha permitido profundizar en un debate ciudadano necesario y relevante.

Esta deliberación ha sido posible pese a todas las limitaciones de nuestra democracia.

Se ha discutido a pesar del modelo electoral, de la mercantilización de la política, del clientelismo y de la superficialidad con que los medios tienden a cubrir las elecciones.

Con todas sus taras y clausuras, nuestra incompleta y tartamuda democracia permite que la ciudadanía pueda debatir temas tan importantes como la necesidad de redactar una nueva Constitución, regular el sistema financiero, reformar la educación pública, proteger el medio ambiente y profundizar la participación ciudadana.

Es cierto que nos gustaría que este intercambio fuera mucho más intenso, profundo y completo. Pero es necesario valorar de modo más explícito un proceso que muchas veces es denostado por quienes echan de menos los años grises en que todo se resolvía en el edificio Diego Portales.

La democracia tiene una dimensión que trasciende la productividad inmediata, porque cumple una función que va más allá de las definiciones por el poder y el gobierno.

Es la dimensión subjetiva de la política, de la que habló Norbert Lechner: la capacidad de las instituciones públicas para procesar los desajustes entre las demandas de los sujetos y las exigencias de los sistemas complejos.

La democracia nos debe ayudar a explicar, integrar, dar coherencia, hacer entendible el “dónde estamos” y el “para dónde vamos”.

En las elecciones no sólo resolvemos sobre políticas públicas que estimamos pertinentes. Es también la vía en que la sociedad trata de resolver el sentido de su convivencia.

Cuando la política no logra dar cuenta de esta dimensión más trascendente, es frecuente que cunda la anomia y que la tentación autoritaria cobre protagonismo.

¿Para qué votar si nada cambia? ¿Para qué debatir si mi opinión no cuenta? ¿Para qué participar si mi voz no se oye? Son preguntas que ninguna democracia supera del todo, pero en algunos momentos y en algunos lugares se hacen más sentidas.

Según el Latinobarómetro 2007, entre los 18 países latinoamericanos, los que registran una mayor adhesión al sistema democrático son Costa Rica, con 83%; Uruguay (75%), Bolivia y Venezuela (67%) y Ecuador (65%). La media regional se sitúa en 54%.

Chile, en cambio, presenta sólo 46% de apoyo a la democracia y un alza de 13 a 21% de quienes se manifiestan a favor del autoritarismo.

Lechner apuntaba a que los chilenos consideran insignificante a la democracia en tanto ella no los ayuda a encontrar significación a su vida cotidiana: “La tendencia de tantos chilenos a sentirse ajenos a los cambios y a no comprometerse con el régimen democrático tendría que ver con la debilidad del Nosotros.

Estos ciudadanos no alcanzan a vivir los cambios como algo ‘nuestro’ porque no habría ni una experiencia práctica ni un imaginario del Nosotros que les permita sentirse parte de un sujeto colectivo. La indiferencia reflejaría un desarraigo cultural de la democracia”.

Necesitamos que la política vuelva a operar sobre la base de palabras que vayan más allá de la oferta inmediatista de bienes y servicios del Estado. Se requiere un nuevo tipo de retórica política que revalorice el sentido de la promesa, el compromiso y la construcción de vínculos y lealtades.

En la democracia previa al ’73 esta dimensión funcionó sobre la base de grandes meta-relatos ideológicos, los que permitían comunicarse sobre la base de identidades políticas básicas que se traducían en la vida cotidiana. Era posible entenderse a sí y a los demás sobre la base de la identidad política que nos definía, lo que daba coherencia a la sociedad.

Hoy eso no es posible. Pero necesitamos repolitizar de forma innovadora nuestra convivencia, dándole un sentido más amplio a nuestra ciudadanía. Para lograrlo se requieren objetivos políticos desafiantes, capaces de encantar y convocar.

Abandonadas las ideologías, se requieren propuestas, ideas y emociones colectivas, que trasciendan los ejercicios tecnocráticos de los sistemas institucionales y el frío y brutal marketing electoral.

Al parecer algo de esto sucede ante nuestros ojos en la segunda vuelta. Los 12 compromisos que ha planteado Eduardo Frei a Juntos Podemos, y la incorporación de ideas “marquistas” en la justicia tributaria apuntan en esta línea.

Se trata de desafíos que van a tensionar positivamente nuestra democracia, obligándonos a discutir sobre lo público en nuestros lugares de trabajo, en la familia y en los lugares de convivencia social.

Si Frei gana estas elecciones, aunque usted no lo crea, se vienen tiempos entretenidos. Se vienen momentos de definiciones.

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